martes, 27 de octubre de 2015

Esas pastillitas milagrosas

Quería controlarlo todo. No es que me cayera mal, pero aquella chica siempre quería decidir qué haríamos: ir al centro comercial, alquilar una película en VHS, invitar a chicos a las reus o no, todo pasaba por su venia. Estaba en el salón de mi mejor amiga del barrio, así que -muy a mi pesar- la veía con cierta frecuencia.

Nunca logré entender por qué era tan popular. No destacaba por su belleza, cada bimestre su libreta estaba llena de rojos, en las clases de educación física no podía ni dar un volantín y sus chistes no eran graciosos sino pesados y hasta ofensivos. Siempre tenía en el rostro un gesto de superioridad, como si viviera con la ceja alzada. Jamás se hubiera llevado la corona de Miss Simpatía pero todos –hombres y  mujeres- querían parar con ella. 

Cuando entramos a la universidad, dejamos de vernos hasta que, gracias a Facebook, nos reencontramos luego de años. No me negué a la cita, porque quería saber qué había sido de mis compañeras de los quinceañeros. Además, imaginé que ya estábamos muy viejas como para conservar rencores de la adolescencia.

Mi amiga del barrio y yo llegamos primeras al restaurante. Luego de un abrazo prolongado e intercambio de halagos -¡estás igualita!- hablamos de ella.
Me adelantó que no debía sorprenderme si en algún momento de la conversación lanzaba algún comentario fuera de contexto, como que el mozo la estaba mirando demasiado y temía le hiciera daño. O que si al retirarnos nos pidiera que subiéramos por otras escaleras porque había visto que “alguien” la estaba persiguiendo.

La ex chica popular del salón sufría de una especie de trastorno emocional que la ponía paranoica. Me quedé de una pieza. Al parecer desde los doce años tomaba unas pastillas para controlar el apetito y eso le habría generado algún daño en el sistema nervioso. Cuando nos reencontramos, estaba en pleno tratamiento de recuperación del trastorno.

viernes, 9 de octubre de 2015

Pareja moderna que respeta espacios, ja

Temblaba y tenía los ojos vidriosos. Tanto que le resultaba difícil tomar la limonada de hierbaluisa que había pedido. Me miraba ansiosa esperando una respuesta positiva. También me puse nerviosa, pues no sabía cómo reaccionaría al escuchar mi desacuerdo de que se hubiera reconciliado con ese chico.

Dicen que las parejas son de dos y que los terceros siempre sobran. Pero ¿qué pasa si una amiga te pregunta qué piensas del novio que no te gusta? ¿Le mientes?

Lo de ellos empezó como jugando. Se conocieron en el trabajo, pero nunca fueron muy amigos. Fue de pronto que comenzaron a sentirse atraídos. Todo el día hablaba de él: cómo la miró, qué le dijo, qué le escribió. Hasta que en una de esas reuniones de fin de año, se besaron. Al día siguiente me llamó para contarme su travesura y como parecía que no se trataba de algo muy serio, prefirió no decir nada al resto de nuestros amigos. Yo fui la alcahueta perfecta. 

Pero las miradas y los coqueteos en el trabajo eran tan obvios que la gente comenzó a especular que algo pasaba entre ellos. Así fue como, luego de seis meses de relación clandestina, decidieron no ocultar más sus besos y abrazos. Se convirtieron en una pareja formal: compartían reuniones familiares los fines de semana, salían de vacaciones juntos, colgaban fotos en el Facebook. Se ufanaban de ser una pareja moderna, que respetaba el espacio del otro. Si él tenía una reunión con sus amigos del colegio, iba solo. Si a los chicos solteros del trabajo les provocaba ir a una discoteca y lo invitaban, iba sin que nadie se lo reprochara. Calculo que por lo menos tres sábados del mes salía solo.

Modelo: F. Salazar

Adiós, abuelo

Mi rutina de los sábados por la mañana era jugar en mi cuarto hasta el mediodía y luego bajar al comedor para almorzar con el resto de la familia. Mi mamá y mi abuela entraban por turnos a ver con qué estaba jugando. Sin embargo, aquel día ni siquiera se asomaron a ver si me había levantado. Fui a buscarlas.

Desde las escaleras noté que no estaban los muebles de la sala ni la mesa del comedor, y vi a unos desconocidos acomodando unos adornos que no eran los nuestros. Le preguntaban a mi mamá dónde debían ponerlos, pero ella casi no podía hablar. Estaba cabizbaja con los ojos hinchados y en la mano agarraba un pedazo de papel higiénico. Llevaba puesta una blusa de gasa negra, una falda y zapatos del mismo color. Cuando me vio trató de sonreírme:

«Espérame arriba hijita, ya voy». Pero me quedé sentada mirando todo.
Mi abuela estaba en un sillón a la entrada de la casa. Era raro verla sentada a las once de la mañana. A esa hora estaba en la cocina o regresaba del mercado. Ahora tenía la mirada perdida y quejándose de dolor. También vestía de negro. Una tía le daba agua con una pastilla. Todo era muy raro.

Fotografía: F Salazar

Estado civil: Soletra trabajando

Empezó a trabajar de reportera practicante. Entraba a las ocho de la mañana y regresaba de madrugada a su casa. Quería aprenderlo todo. Cada fin de mes bajaba corriendo al sótano del canal –donde estaba el área de contabilidad– a recoger su cheque con el sueldo mínimo. Era absolutamente feliz al darse cuenta de que su intuición no le había fallado. Su vocación era ser periodista. Pronto la ascendieron.

Su relación amorosa, en cambio, iba en picada. Su pareja no solo la celaba cada vez que salía a almorzar con sus nuevos amigos del trabajo, también parecía molestarle verla tan entusiasmada con sus nuevas responsabilidades laborales. Además, era claro que le incomodaba que ella empezara a ganar más dinero que él. Creo que todo eso lo asustó.

Me contaba que cuando estaban juntos eran cada vez más frecuentes esos silencios incómodos de una relación que se agota. Ella quería contarle las cosas nuevas que estaba aprendiendo en el trabajo, pero él fruncía el ceño. Pronto empezó a evitar quedarse a solas con él.
A pesar de todas estas señales de que la relación no daba para más, la tomó por sorpresa que él la dejara, sobre todo que se marchara con esa típica frase de “no eres tú, soy yo el del problema”. Lloró a mares. 

Fotografía: F. Salzar
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